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  • Olivia León Huacuja

Otra excusa para hablar de la cárcel

Actualizado: 1 jun

Por Olivia León Huacuja


“Si no has estado en una cárcel, de verdad que no deberías legislar sobre cuántos años más uno tiene que estar ahí”.


Así empezó a hablar una mujer de 40 años que lleva ya siete de ellos dentro de una cárcel en el Estado de México.


Expertas en el tema siempre me dicen:

“Las y los jueces nunca pisan una cárcel y por eso les da igual que haya más personas ahí”.


Y por eso es importante que haya ido el presidente de la Suprema Corte de Justicia, el Ministro Zaldívar a Santa Martha Acatitla hace unas semanas. Es importante porque respondió a un llamado desde la sociedad civil organizada y también expresamente por parte de 220 mujeres que hoy están encarceladas ahí. Desde su visita muchas personas nos hemos preguntado por qué fue.


En general, podemos decir que las condiciones en los centros penitenciarios mexicanos son precarias. Todo cuesta, por ejemplo. Cuesta la comida, cuestan las cobijas. Cuesta taparse. Cuesta el papel de baño. La seguridad. Cuesta el uniforme que necesitan usar dentro de la cárcel, los zapatos.


Una se puede preguntar, entonces, ¿Cómo pagan todo eso estando en la cárcel? Hay dos formas: la primera es trabajando desde ahí. Casi nunca reciben, ni si quiera, el salario mínimo. A veces se les paga por cada pieza que producen. En una visita, entramos en un salón lleno de hombre vestidos de gris y beige. Serios, trabajaban de forma sincronizada bolsas blancas de papel con un enorme símbolo en el centro: CHANEL. La producción no paraba. El dinero que generen de ese trabajo se les deposita en una cuenta especial que les dan al entrar a cárcel o se les deposita a sus familiares.


La segunda forma para pagar todo lo que necesitan dentro es por medio de su familia. Sus familiares pueden llevarles comida preparada, ropa, cobijas, papel de baño y otros productos de higiene personal. Casi siempre hay intercambios de estos productos dentro de la cárcel. Lo cual me lleva a otro punto esencial cuando estamos hablando de las personas privadas de la libertad: sus familiares.


El tema de las familias siempre es ultra-sensible para esta población por varias razones. Vayamos por partes. Primero, porque muchas de las personas en reclusión dependen emocionalmente de ver o saber de sus familiares que están fuera de esas paredes.


¿Cómo está mi mamá? ¿Cómo sigue mi abuelo? ¿Mi hermana ya salió de su enfermedad? ¿Apareció mi papá? ¿Consiguieron dinero para pagarle sus libros a mi hijo? ¿Mi hija ya volvió del norte? ¿Cómo les fue en el primer día de clases a mis nietas?

Los días de visita son los días de encuentro con las familias y son los únicos días en los que esta población se entera de cómo va todo afuera de sus celdas. Verse con sus madres, ver la sonrisa de sus parejas o poder saludar a sus hijxs es lo único que, muchas veces, mantiene a flote las prisiones en México y en el mundo. Los días de visitas son los días de fiesta dentro de las prisiones.


En la mayoría de los casos, el interno era el principal sostén económico de su familia. Casi 40% de las personas en reclusión eran económicamente activas justo antes de ser recluidas en cárcel, por lo que ese rol recae en los hombros de algún familiar -muchas veces, mujeres. La familia debe pagar por los costos rutinarios del o la reclusa y, además la vida diaria fuera de la cárcel.


Ahora, por favor recordemos un dato esencial: la mayoría de quienes hoy están en reclusión (culpables o no) vienen de los estratos más pobres de México (tema que hemos abordado en otros textos, como éste o éste). Eso significa que cualquier gasto extra les cuesta mucho. No solo les cuesta mantener los costos de la vida dentro de prisión, sino que, además, tienen que pagar para ir a verles porque … ¡Sorpresa! A veces la cárcel donde está su familiar se encuentra lejísimos de donde viven y les puede costar hasta $800 por persona ir a visitarle. O sea, para muchas personas, visitar a sus padres, madres, hijxs, hermanxs o amigxs es insostenible.


Por eso, las visitas disminuyen con el tiempo, lo cual es catastrófico para las personas dentro de prisión.


Dato furioso: las mujeres en reclusión reciben menos visitas de sus parejas hombres y muchas veces son abandonadas poco después de entrar a prisión.


Quizá usted notó que escribí “personas en reclusión (culpables o no)” y posiblemente eso le generó alguna duda. La razón es sencilla, pero terrible. El estar en la cárcel no significa ser culpable:

1. En México, solo 2 de cada 100 delitos se resuelven. Se llama impunidad. DOS DE CIEN.

2. En México, hay un uso excesivo uso de la cárcel. O sea, que mandamos a las personas a la cárcel incluso sin haber demostrado la culpabilidad de la persona. Por la prisión preventiva oficiosa, casi la mitad de nuestras cárceles están pobladas por personas que podrían ser inocentes.

3. En México, la política de seguridad que los gobiernos han aplicado busca castigar por castigar; premian más una cárcel poblada que un sistema de justicia que sea justo. O sea, se rigen bajo la lógica de “mientras más personas encarcelemos, mejor”. Esto es el último clavo en la lápida de la justicia.


La cárcel es un espacio de injusticias repetidas día tras día, y ya es hora de que nos deshagamos de tantas ideas falsas sobre estos espacios. Una forma de hacerlo es echando algunos vistazos dentro de esas paredes. El Ministro Zaldívar nos ha dado una excusa para hacerlo, así que aquí estaremos tratando de entender mejor este sistema.

Y también buscando formas para solucionarlo.

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